viernes, 25 de junio de 2010

Libro viejo















Te contemplo. La noche
es el desnudo
en que me oculto cuando
observo los elementos del día
y de la noche sobre tu cuerpo:
los viajes, el polvo, el sol
la luna;
la sed
jamás saciada entre las manchas
de un tiempo jamás leído.
Libro viejo, amigo impaciente,
te atestiguo,
testificas
mi espíritu en el laberinto perpetuo
de tu espejo humedecido
de la palabra.

sábado, 2 de mayo de 2009

Sombra




















Sombra



I

Camino tan sólo acompañado del sonido de mis pasos. La jornada ha sido larga y cansada. A mi sombra no la reconozco y no puedo controlarla, además, ya pesa mucho. Decido dejarla mientras duerme. Así, discretamente, yo continúo el camino.

Las horas van arrastrándose entre mis pies, polvosas, secas, asoleadas, como eternas. Camino. Momentos antes del anochecer, entro a un pueblo. En él no hay más que sombras, a mi parecer, abandonadas por sus dueños; quizá la mía vagará también pronto por estas calles.



II

Hay que descansar. Pasar la noche dentro de algunas de las casas, no parece buena idea. Algunas no son casas sino ruinas: la madera está podrida y el adobe, casi cascajo. El calor, además, es insoportable, no cede ante el airecillo nocturno. Es mejor quedarse en alguna de las calles, dormir y esperar a que la madrugada quizá logre entibiar el clima.



III

Despierto y tengo hambre. Ya no tengo comida. Pero, aparte de las sombras, no hay nada más.

El sol no tarda en levantar. Es mejor salir y continuar el camino inmediatamente. Sin embargo no es tan fácil: un sin número de sombras me rodea, me ruegan que las lleve, que adopte alguna de ellas. Me niego. Aún la casi liviana existencia de una sombra pesa por estas tierras.

Salgo al fin. No dejo de sentir cierta nostalgia por mi sombra.



IV

Al caminar algunas horas, me percato de la presencia de algo, de algo que arrastro. Volteo y me doy cuenta que piso una simpática sombrita. Desde luego que la despido de inmediato; ya bastante tengo con llevarme.



V

El camino se extiende a mis pies. Quizás son las tres de la tarde y el sol castiga. No muy lejos, veo un árbol viejo. Voy hacia él para descansar un poco. Debajo de su sombra duermo durante un rato.



VII

Despierto y comienza a atardecer. La tierra seca y el polvo agrietan los pensamientos. Me despierto extrañado. Me sé liviano. Siento como si yo me alargara o me extendiera. Es entonces que me doy cuenta, con angustia, que soy yo la sombra del árbol.

martes, 3 de marzo de 2009

Desvelo















Desvelo
Alejandro Martínez Lira

Son las 3:16 de la mañana. La luna comienza a menguar. La sombra de lo que soy se descompone, serpea, muere discretamente entre las cosas indistinguibles de la oscuridad. La ciudad tiene sus islas de silencio. Son raras, es verdad, pero aquí estoy en una, con la palabra agrietada, con el cuerpo silencioso, exilado.
Cómo pesan los rayos de la luna. Pesan mucho y entran hasta los pensamientos. La cabeza se dobla de pesadez, cabizbajo, sólo así se puede caminar. Es cansado. Estoy cansado. Sólo tengo jirones de ala en un hombro. Lo de más es sombra bubosa, tristeza que se enjoroba en la espalda; soledad que se rasga en la piel.
El aire es un frío descuido entre mi rostro mientras busco ya no sé qué cosa. Giro entre mis pasos. Los recorro. Recuerdo un nombre, pero creo que no es el mío. Mis pasos siempre vacíos y mi nombre por siempre ausente.

jueves, 13 de noviembre de 2008

Ciento doce años



Ciento doce años
Alejandro Martínez Lira

Ciento doce años. Cincuenta y dos años de reclusión para dos narcos dice el diario, éstos, hallados culpables de delincuencia organizada, secuestro, delitos contra la salud y portación ilegal de arma de fuego. Cincuenta y dos años consideró el Juzgado tercero de Distrito en Materia Penal, allá, en Toluca, que era lo necesario para estos crímenes. En Veracruz, mientras tanto, otro fue condenado a quince años, otro a diez y otro a cinco.
Ciento doce años, por otro lado, el “Estado de Derecho”, la “Ley” consideró necesario sentenciar a un hombre por el crimen de pensar que:

¡Los males de un pueblo no pueden curarse con palabras, ni con buenas intenciones, nos reclaman sacrificios! ¡Dejé de creer que, a los golpes, se deba responder con una bendición!
Creo que responder es inevitable; la humillación y el dolor nos lo enseñaron, dejando tras de sí su cortejo de atrocidades e infamias.

Ciento doce años para el autor de estas palabras. Sesenta y siete no fueron suficientes. La Procuraduría General de “Justicia” del Estado de México (PGJEM), como quedó registrado en El Sol de México, con fecha del 7 de mayo de 2007, no se sintió satisfecha con los sesenta y siete años; sesenta y siete años no era suficiente encierro para quien responde a las humillaciones, a los golpes, al dolor, a la infamia provocada por los diversos instrumentos e instancias del Estado. Sesenta y siete años no fueron suficientes. De ahí que Alberto Cervantes sentenció cuarenta y cinco años más de prisión. Vaya que ha quedado claro quienes son los criminales más peligrosos: cincuenta y dos años para quienes han sido hallados culpables de delincuencia organizada, secuestro, delitos contra la salud y portación ilegal de arma de fuego, y ciento doce años a quien ha decidido amar a su tierra, a su gente:

Aquí nos damos cuenta que vivimos un periodo de la historia de nuestro país en el que el destino personal no cuenta, por que el destino de todo un Pueblo está en juego!.
¡La libertad no es privilegio de quienes aprisionan nuestras carnes!
¡Es el milagro de quienes anidan y paren en sus corazones amor por los demás!

Se penaliza con más odio, con más miedo a quien ha decidido amar una causa justa. Ahí está, Ignacio del Valle, Nacho, con ciento doce años de cárcel. Ahora leo y releo aquella carta escrita por él, titulada “Para los guardianes de los sueños”. Lo imagino escribiéndola, en una tarde invernal, una tarde infernal. Tarde fría de cárcel, tarde que se desfigura, tarde de Penal de Máxima Seguridad del Altiplano, tarde injusta, avara de luz entre las celdas, entre su celda. Lo veo escribir con su ánimo indoblegable, pues, al igual que él, algunos otros también sabemos:

Que un nuevo amanecer nos llama más allá del ayer, más allá del hoy, más allá de la misma muerte.

lunes, 25 de agosto de 2008

Mahmud Darwish: Enamorado de Palestina



Mahmud Darwish: Enamorado de Palestina
Alejandro Martínez Lira
No hace muchos años que sé de Mahmud Darwish. La Intifada de Al Aqsa, iniciada a finales de septiembre de 2000, la masacre de Yenin, cometida por el ejército israelí en abril de 2002, el asedio, en ese mismo año, contra la Mukataa, donde se ubicada Yasser Arafat, obligaron a que volteara hacia Palestina. Participaba, por aquel entonces, como integrante de la Central Unitaria de Trabajadores (CUT), de la Ciudad de México, en la Coordinadora de Solidaridad con Palestina. Ahí se me facilitaba información, artículos y bibliografía. Entre todo ese material aparecía el nombre del Mahmud Darwish. De ahí mi primer acercamiento con la obra del poeta.
Darwish fue un galileo, que vio su hogar humillado, su tierra mancillada, por las caligas de nuevos romanos; por las botas israelíes. La palabra de Darwish es la palabra del dolor y de la esperanza. No sabría describir con precisión su poesía. Pero sé que hay mucho de aquello que expresaba Gabriel Celaya en su famoso poema “La poesía es un arma cargada de futuro”, esa necesidad del oprimido, del que sufre la injusticia, por manifestar sus sentimientos:

Se dicen los poemas
que ensanchan los pulmones de cuantos, asfixiados,
piden ser, piden ritmo,
piden ley para aquello que sienten excesivo.
[…]
Porque vivimos a golpes, porque apenas si nos dejan
decir que somos quien somos,
nuestros cantares no pueden ser sin pecado un adorno.
Estamos tocando el fondo
.
La poesía del galileo es la síntesis entre el dolor colectivo y el dolor personal. Sin contradicción alguna se expresan los sentimientos más íntimos al lado de sentimientos provocados por la situación social, política y de guerra que vive su pueblo. Ahí está, por ejemplo, aquel hermoso poema, escrito en 1967, llamado “Rita y el fusil”, del que trascribo un fragmento:

El nombre de Rita le sabía a fiesta a mi boca,
el cuerpo de Rita se desposaba en mi sangre.
En Rita me perdí... dos años,
durmió en mi regazo dos años,
nos prometimos ante el cáliz más bello,
ardimos en el vino de dos labios,
nacimos dos veces.
Rita, Rita...
Nada privaba a mis ojos
de los tuyos, si acaso nuestras cabezadas
o alguna nube de miel,
hasta que irrumpió... aquel fusil.

Este equilibrio temático, expresado con el sabio conocimiento del arte poético, ha hecho de Darwish uno de los poetas más apreciados en el mundo. He tenido la fortuna de escuchar grabaciones suyas, escuchar su poesía en sus labios y en su idioma. La musicalidad y el ritmo son impresionantes. Sus versos son cantos. Por otro lado, las imágenes, según permiten percibir las traducciones, son aparentemente sencillas, sin embargo también son sumamente complejas, como sencillas y complejas suelen ser, por ejemplo, las imágenes de Antonio Machado o de Miguel Hernández. Quiero recordar ahora una de las imágenes que está en su poema “Muhammad”, poema que recrea el holocausto a través de un niño, Muhammad, asesinado, en brazos de su padre, por los fusiles del ejército israelí, allá en el año 2000, escenas trágicamente difundidas por la televisión mundial, que demostraron, para quienes lo dudaban, que los testimonios sobre la situación palestina no era exagerada:

Muhammad,
acurrucado en brazos de su padre, es un pájaro temeroso
del infierno del cielo: papá, protégeme,
que salgo volando, y mis alas son
demasiado pequeñas para el viento… y está oscuro.

Muhammad es un pájaro temeroso del infierno del cielo. Qué expresiva imagen. La comparación, hecha por en poeta, entre el niño y un pájaro temeroso provoca el sentimiento de ternura, pues es un pájaro que aún no sabe volar y que teme del infierno del cielo. El cielo es donde el pájaro desarrolla parte fundamental de su vida, vuela libre, pero ese cielo es un infierno, no se vuela, no hay libertad. De ahí que, en versos posteriores Darwish haya escrito:

Muhammad,
metralla, no escribe en el muro: "Mi libertad
que defender, ni un horizonte para la paloma
de Picasso. Nace eternamente el niño
con su nombre maldito.

La imagen de ternura se transforma en una imagen de horror. La ternura y el horror están en enfrentamiento y, en esta ocasión, el horror del infierno triunfó. Muhammad, el niño pájaro, con su nombre maldito, sin libertad, fue asesinado por los demonios que han hurtado su cielo.
Ya habrá quizás ocasión para hablar más de Darwish y de su obra. El Darwish perseguido por cantar a su amada, su tan amada Palestina, de esa Palestina que los mapas aún no registran, desterrada por la geopolítica actual, de la geopolítica del poder. Darwish, Mahmud Darwish, el enamorado de Palestina:

Palestina de ojos y tatuajes.
Palestina de nombre.
Palestina de sueños y de penas.
Palestina de pies, de cuerpo y de pañuelo.
Palestina en palabras y en silencio.
Palestina de voz.
Palestina de muerte y nacimiento.
Te llevé, como fuego de mis versos,
en mis viejas carpetas.
Te llevé de alimento en mis viajes.
Y te llamé, gritando , por los valles.
*Las traducción de los poemas fue elaborada por Luz Gómez García